Las mujeres como herramienta | Por Fernanda García
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Las mujeres como herramienta | Por Fernanda García

Bajo esta lógica, las mujeres no aparecen como fines en sí mismas, titulares de dignidad y derechos propios, sino como piezas de una estrategia mayor. Su “emancipación” importa solo en la medida en que contribuya al objetivo político superior, que es disputar el poder al capitalismo y a la democracia liberal. Cuando eso ocurre, el feminismo se vuelve bandera. Cuando no, se vuelve silencio (citando a Kirkwood). Y si quedaban dudas sobre esta estrategia, el episodio Monsalve fue una prueba decisiva de incoherencia.

El problema, desgraciadamente, no termina ahí. La paradoja mayor del balance feminista de esta administración es que su principal avance concreto, a juicio de muchos, que es la ley de conciliación laboral y teletrabajo, terminó aprobándose a pesar del marco ideológico del gobierno y no gracias a él. Para buena parte de la izquierda que ha hegemonizado el discurso feminista en los últimos años, la flexibilidad laboral es casi un concepto sospechoso (en cuanto discriminatorio). Se asocia de inmediato con precarización, abuso o desregulación. Desde ese prisma, les resulta muy difícil reconocer legitimidad y sobre todo, valor, a algo que muchas mujeres sí experimentan en la práctica: ciertas formas de flexibilidad pueden ampliar su autonomía, permitir una mejor organización del tiempo familiar y facilitar su permanencia en el mercado laboral.

El avance legislativo solo fue posible cuando el debate logró desplazarse desde la retórica conceptual hacia acuerdos pragmáticos y transversales. Muchos de quienes participaron en la discusión han dado cuenta de cómo fue preciso cuidar las palabras, moderar los conceptos y buscar un lenguaje común que permitiera construir mayorías mínimas. Todo con suma precaución y guante blanco para no espantar al feminismo ideológico oficialista que podía descartar el proyecto de plano si llegaba a escuchar la expresión “trabajo flexible”. Ese contraste, ese temor a ser canceladas, resume bien el legado feminista del gobierno de Boric. Mucho discurso moralizante, abundante superioridad retórica y, al final del día, pocos avances concretos que resistieran la prueba de la realidad.

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