Senador Iván Flores (DC) por quiebre Boric-Kast: “Ambos han cometido inmadurez e imprudencia; uno termina mal y el otro entra peor”
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Senador Iván Flores (DC) por quiebre Boric-Kast: “Ambos han cometido inmadurez e imprudencia; uno termina mal y el otro entra peor”

El parlamentario democratacristiano traza un paralelo entre la falta de oficio del gobierno saliente y la inexperiencia en el mundo público del equipo entrante. Y también descarta participar en la próxima elección interna de la DC, salvo que se garantice el principio de un militante, un voto.

La mañana de este martes 3 de marzo quedará en los registros como uno de los episodios más tensos de un traspaso de mando desde el retorno a la democracia. La reunión entre el presidente Gabriel Boric y el presidente electo José Antonio Kast, que debía ser un punto de inflexión para asegurar una serie de bilaterales con equipos ministeriales completos, duró apenas 22 minutos. El detonante fue el cable submarino Chile-China Express: Kast exigió una retractación de Boric por sus declaraciones sobre cuándo fue informado del proyecto y las presiones de Estados Unidos. El presidente en ejercicio rechazó la exigencia. Kast se retiró de La Moneda y desde la denominada OPE anunció el término del proceso de traspaso, acusando “falta de información y falta de transparencia”. Boric respondió por redes sociales lamentando que su sucesor hubiese “empañado la sana y orgullosa tradición republicana” y tendió la mano para retomar las conversaciones antes del 11 de marzo.

En ese contexto, EL DÍNAMO conversó con el senador Iván Flores (DC), quién no ahorra en críticas: dice que el episodio es “bastante bochornoso”, que Boric “pisó el palito” y que Kast “entra mal asesorado”. Y en un paralelo que no favorece a ninguno, sostiene que los extremos, al final, se parecen.

— La suspensión del traspaso de mando es una situación inédita ¿es un mal síntoma de un problema más profundo en nuestra política?

— Es un mal síntoma. Fuimos críticos al inicio de este gobierno por la falta de oficio y la falta de experiencia; por un comportamiento que era más juvenil que maduro. Pues bien, Kast, que es bastante más viejo, y su equipo también, han tenido las mismas niñerías. El hecho de que se tire el mantel y se patee la mesa a una semana del traspaso es bastante bochornoso: uno tironeando la cosa, el otro ofuscándose y saliendo a declarar que se terminaron las conversaciones, el otro más atrás en una conferencia de prensa dando las razones. No había pasado desde el retorno a la democracia que el traspaso no se hiciera con un único afán, que es el puramente republicano: guardarse las diferencias. Este gobierno termina mal y el gobierno entrante entra peor todavía.

— ¿A qué atribuye la actitud adoptada por Boric y Kast?

— Hay un denominador común. En el Gobierno de hoy se hablaba de la excesiva juventud y la falta de vivencia. En este Gobierno que llega, donde hay gente más vieja, casi dos tercios de los ministros y subsecretarios no tienen experiencia en el mundo público, y eso incluye cargos críticos. Además, los extremos son muy parecidos: ambos tienen reacciones sanguíneas, ambos tienen posturas bastante extremas. La única diferencia es que uno está más al extremo derecho y el otro más al extremo izquierdo. Al final, las reacciones son las mismas. Falta mucho oficio.

— Sin ninguna duda. Si el presidente Boric hubiese estado completamente consciente de que siempre pueden acrecentarse las posibilidades de tensión, tuvo que ser el doble de cauteloso para cerrar bien el Gobierno. Aquí el presidente pisó el palito. Aunque Kast hubiese llegado con un cierto aire de prepotencia a exigirle que se desdiga, Boric debió haberle dicho que no con toda calma, haber terminado la reunión y el otro iba a quedar mal, no él. Su declaración es la de un joven ofuscado, nada más. Se cayó ahí la postura del estadista que está por encima de estos pequeños conflictos.

— ¿Se puede trasladar este clima de tensión al nuevo Congreso que asumirá el miércoles próximo?

— Así como este comportamiento infantil de ambos líderes no es inocuo en el plano geopolítico, tampoco lo es en el plano parlamentario. Van generando un ánimo que se derrama hacia las negociaciones de las mesas de ambas cámaras, hacia la distribución de comisiones, hacia las relaciones entre partidos al interior de cada bloque. Todo tensiona, y eso no ayuda ni para iniciar bien un gobierno ni para despedir bien al otro.

— En ese escenario, ¿qué rol le corresponde a la Democracia Cristiana?

— El presidente Boric ha convocado a un cónclave en el que se ha invitado a la DC. ¿Debería asistir el partido?

No debería ir. Durante cuatro años este gobierno no quiso a la DC. Nosotros dijimos al apoyar la candidatura de Boric que lo haríamos sin aspirar a ser parte del gobierno; eso le dejaba la cancha abierta al presidente. Y fue el Frente Amplio el que no quiso que entráramos. Sin embargo, fuimos un aporte leal. Cuántas votaciones no hubo en que teníamos que decirle a los ministros que un militante del oficialismo saliera de la sala, y nosotros apechugando para desempatar. Nos quedamos solos muchas veces sujetando proyectos del gobierno. A última hora, a dos días de dejar el poder, se les ocurre invitar a la DC. Yo por decencia no iría. No le corresponde a este gobierno, que durante cuatro años no quiso construir una coalición amplia, hacer ese convite ahora. Al día siguiente de que este gobierno se vaya, ahí veremos cómo articulamos entre todos los que tenemos interés en la centro izquierda. Pero una convocatoria del gobierno saliente, después de cuatro años sin querernos adentro, no.

— Hablemos de la renovación de la mesa del Senado. ¿Cómo están las conversaciones?

— Hay una cuestión inexplicable, porque el Senado, en teoría, está empatado: 25-25. Deberían ser dos años de presidencia para la derecha y dos años para la izquierda y la centro izquierda, con vicepresidencia alterna. Así debería ser. Pero lo único de que se habla es de los acuerdos entre UDI y Partido Socialista, como ocurrió antes. Y aquí hago una autocrítica a mi propio sector: las conversaciones están recontra lentas y atrasadas. A esta altura ya deberíamos tener claridad respecto de cómo se distribuye la mesa, porque el miércoles tiene que estar en pleno ejercicio. Pero las mesas son también indicadores de qué va a pasar con las comisiones, que son clave tanto para el gobierno como para la oposición. Eso está súper atrasado. Un llamado a apurar los caracoles, porque esto no es jugueteo.

— En cuanto a la elección interna de la DC, que se define en marzo, ¿participará usted?

— No he confirmado nada. Me han llamado algunas personas, pero hay camaradas que están más desesperados por ser y se promueven; no es mi caso. Tengo harta pega como senador y además presido Parlamérica, el organismo parlamentario desconcentrado de la OEA. Mi condición para participar en cualquier elección interna siempre ha sido la misma: un militante, un voto. En la elección anterior desistí porque no estaban esas garantías; la juventud DC también me pidió ser precandidato presidencial y puse la misma condición, no se dio y no fui. Es mi manera de protestar ante una postura institucional que seguimos teniendo. Si hay unidad y esa condición se cumple, le doy una vuelta. Todavía tengo unos días.

— ¿Cómo evalúa los nombres que hasta ahora han sonado para encabezar el partido?

— Creo que es algo aún por verse. Puede que algunos de los que han dicho hoy día midan su fuerza y desistan. Lo que más me importa no es el nombre, sino la capacidad para sacar al partido del pantano, porque estamos ahí exactamente: en un pantano financiero, en una crisis de credibilidad frente a la ciudadanía y con una pérdida de norte. Hay militantes que quieren irse a la izquierda y otros que dicen que no somos de izquierda. Ese sentido de la ubicación es lo primero que hay que resolver, y no lo va a resolver la cúpula ni un presidente solo: tiene que resolverlo la militancia.

— ¿Ve a la DC como posible articuladora de un nuevo referente de centro izquierda que absorba a otros partidos?

— Creo que es muy pretencioso hablar de liderazgo en esa condición, porque hoy no veo ese liderazgo. Ningún partido va a sentirse inferior a otro. Lo que hay que tener es la habilidad de hacer ver que el futuro no se puede mirar desde la individualidad pequeña; se construye en la suma de esfuerzos de quienes más o menos ven el futuro con los mismos ojos. Una cosa distinta es la reforma política, que está en rotación esta semana: yo no sé si va a haber votos para aprobarla. Lo que sí es claro es que es insostenible que cada vez que alguien se molesta cree un partido nuevo. Eso atomiza y polariza la política. Antes de que los partidos chicos desaparezcan del todo, hay que pensar cómo se juntan sectores más contundentes, sea a través de federaciones o de fusiones. Sin pasarle el aplanador a nadie, pero mirando al futuro.

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