Una operación militar, un gobernante emocional y un escenario mundial en alerta | Por Débora Calderón Kohon
La Operación Furia Épica es un libro que está aún escribiéndose y cuyos primeros capítulos ya han dado que hablar a nivel de líderes mundiales, medios y organizaciones que observan quirúrgicamente los hechos acontecidos en Medio Oriente los últimos días.
Desde el sur del Líbano, Hezbolá mantiene una capacidad militar capaz de saturar el sistema de defensa israelí con miles de misiles. En Siria e Irak operan milicias chiitas alineadas con Teherán, mientras que en Yemen los hutíes han demostrado su capacidad de afectar rutas marítimas críticas mediante ataques contra buques comerciales en el Mar Rojo. Este patrón responde a una estrategia de proyección de poder indirecto que permite a Irán presionar a sus adversarios sin exponerse directamente a una guerra convencional.
El conflicto se desarrolla, además, en un sistema internacional más fragmentado que en décadas anteriores. La guerra en Ucrania, la competencia estratégica entre Estados Unidos y China y el debilitamiento de consensos multilaterales han reducido la capacidad de las instituciones internacionales para contener conflictos. Potencias emergentes adoptan posiciones más autónomas, mientras el llamado Sur Global observa con escepticismo la coherencia de las potencias occidentales en materia de derechos humanos y legalidad internacional.
En este escenario, los países sin capacidad militar decisiva enfrentan un desafío distinto: preservar credibilidad y coherencia para mantener influencia diplomática. La autoridad moral y política en el sistema internacional no deriva del volumen de la retórica, sino de la consistencia entre principios, lenguaje y conducta. Cuando el discurso oficial adopta categorías absolutas, se reduce el margen para contribuir a soluciones, facilitar diálogos o sostener posiciones equilibradas.
Las reacciones emocionales frente a las imágenes de destrucción y sufrimiento son comprensibles. Sin embargo, la política internacional opera en el terreno de la responsabilidad estratégica. El lenguaje de los Estados no solo describe la realidad: la modela, define alianzas y delimita espacios de acción futura.
En un mundo cada vez más polarizado, la fuerza de las palabras puede inflamar pasiones, pero son las decisiones estratégicas las que definen el curso de la historia.