Precios de guerra: Ir al supermercado se ha convertido en pesadilla y frente de batalla para los rusos
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Precios de guerra: Ir al supermercado se ha convertido en pesadilla y frente de batalla para los rusos

“En Rusia el pueblo siempre paga los platos rotos”, comentó un resignado moscovita en una modesta tienda del norte de la capital rusa. Mientras el salario mínimo no llega a los 300 euros, la actual cesta de la compra supera los 8.000 rublos (más de 100 euros) en un supermercado de la gama media, casi el doble que antes de la guerra y el Covid-19. La cuesta de enero se alarga Al ser importada de lugares como China, Argentina o Chile, la pera se ha vuelto la fruta más cara a unos 3 euros el kilo, pero el “modesto” plátano cuesta ahora más de 1,2 euros el kilo, algo impensable hace unos años. “Suerte que siempre hay descuentos”, señaló Marina, una mujer de unos 60 años en el supermercado Magnit, la cadena más barata del país. Especialmente doloroso ha sido el encarecimiento de los lácteos, que han subido un 41% en los últimos dos años. La leche y el queso no dejan de subir. Y el requesón, un producto básico en Rusia, aumentó un 50%. “No puede ser, no puede ser”, repite apesadumbrada una pensionista mientras elige si comprar o no los ingredientes necesarios para preparar una ensalada. Los tomates nunca han sido baratos en Rusia, ya que provienen en su mayoría de otras latitudes, pero el pepino se ha vuelto inalcanzable para muchos consumidores. Es prácticamente imposible que cueste menos de 3,5 euros el kilo, es decir, casi lo mismo que la carne de cerdo. La lechuga tampoco le va a la zaga con 3,5 euros el kilo, lo que hace que muchos rusos hayan renunciado a la ensalada como guarnición para sus platos. Ni carne ni pescado Muchos rusos han tenido que renunciar a la carne roja y conformarse, en el mejor de los casos, con el pollo. La ternera difícilmente baja de los 8-9 euros. También se ha disparado el coste de la carne picada -4,5 euros el kilo- con la que se hacen los famosos filetes rusos. Por todo ello, los supermercados retiran cada vez más productos cárnicos debido al descenso de su consumo, ya que superan su caducidad sin llegar a abandonar las estanterías. Los rusos siempre han sido especialistas en encontrar alternativas y sucedáneos. En cambio, uno de esos artículos más tradicionales, los pilmeni (raviolis siberianos rellenos de carne), ya no son para todo el mundo. Un bolsa de 700 gramos cuesta 4 euros. Eso sí, se pueden comprar al granel pilmenie de baja calidad a 120 rublos (1,3 euros). El pescado fresco es un artículo al alcance sólo de los rusos más pudientes. Pero es que el congelado tampoco se lo pueden permitir los consumidores con salario medio. El salmón cuesta 30 euros. Lo mismo ocurre con los ahumados o la caballa, antes un pescado muy popular en este país. Los rusos también han tenido que reducir el gasto en postres -el chocolate y los bombones se han disparado- y en cerveza (Báltika), con un alza del 70% en dos años.

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