¿Por qué no admiramos a quienes limpian la ciudad?
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¿Por qué no admiramos a quienes limpian la ciudad?

Reconocer a quien limpia no es caridad. Es justicia básica. Es entender que la vida en común se sostiene gracias a trabajos invisibles.

Cada mañana, antes de que la ciudad despierte del todo, alguien ya estuvo allí. Recogió la basura que otros dejaron. Barrió restos de comida, vidrios rotos, animales muertos. Tal vez encontró jeringas, ratas, bolsas con desechos que nadie quiso tocar.

Gracias a ese trabajo, la ciudad funciona. Gracias a ese trabajo, caminamos sin enfermarnos. Gracias a ese trabajo, lo “normal” es posible.

Y sin embargo, casi nadie los mira. Casi nadie los saluda. Casi nadie los respeta.

Nos enseñaron a admirar al que “hace negocios”, al que gana dinero, al que manda. Nos dijeron que eso es éxito. Que eso es inteligencia. Que eso es mérito.

En cambio, al trabajo de aseo se lo usa como amenaza: “Si no estudias, terminarás limpiando”. Como si limpiar fuera un castigo. Como si cuidar el espacio común fuera una vergüenza.

Pero hay una verdad incómoda: una ciudad puede sobrevivir sin muchos negocios, pero no sobrevive ni una semana sin quienes limpian.

Y en vez de agradecer a quien se hace cargo de eso, preferimos volverlo invisible. No saludar también es una forma de violencia. Pequeña, cotidiana, normalizada. Negar el saludo es negar la humanidad compartida.

Quien recoge basura se expone a riesgos reales: cortes, infecciones, enfermedades. Pero ese riesgo no se celebra, porque no viene acompañado de prestigio ni de dinero. Cuando el peligro lo asume alguien pobre, se vuelve “parte del trabajo”.

Tal vez el problema no es que falte educación, sino que sobra una idea equivocada de valor. Confundimos dignidad con estatus. Valor con salario. Respeto con poder.

Reconocer a quien limpia no es caridad. Es justicia básica. Es entender que la vida en común se sostiene gracias a trabajos invisibles.

Jonathan Colipi Reiman
Estudiante

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