Lo que el fuego no logró arrasar | Por Ignacio Riffo Pavón
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Sin embargo, luego de la debacle, brotó de manera espontánea, ligera y significativa la cooperación, la comunión y la solidaridad. Personas de distintas localidades del país se acercaron a los barrios afectados para prestar su ayuda desinteresada y sin miramientos. La sociedad estaba cohesionada, organizada y dispuesta a auxiliar. La colaboración, la empatía y el respeto fueron los valores predominantes en las zonas consumidas.
Es así como, en un territorio que tiembla, arde, erupciona, se inunda o se seca, en sus habitantes palpitan incesantemente la cooperación y la solidaridad. Cualidades que configuran parte de nuestra identidad y una manera de ser y hacer comunidad. Pilares que, en reiteradas ocasiones, intentan ser erosionados por parloteos maniqueos y oportunistas,que son emitidos por actores políticos (populistas radicales), mediáticos (tertulianos televisivos y ciertos periodistas) y sociales (un puñado de infuencers), los cuales son capaces de deteriorar la convivencia y acelerar la polarización, no mediante la violencia directa, sino a través del lenguaje, la emoción y el espectáculo.
Un parloteo banal e irreflexivo que, poco a poco, se filtra en algunas de nuestras instituciones, menoscaba la dignidad humana, estigmatiza y fragmenta la comunión. Sin embargo, ese discurso pedestre -que busca debilitar nuestra identidad colaborativa y nuestra natural diversidad- se derrumba inevitablemente al enfrentarse a las miles de personas -chilenas y extranjeras- que acudieron en ayuda de aquellas familias que lo perdieron todo, menos el miedo y las ganas de volver a levantarse tras los incendios.