Amistad S.A.: ¿Compartimos vida o solo datos?
En la era de la productividad digital, los encuentros se han vuelto reportes de reunión. Ya no habitamos el tiempo con amigos; lo optimizamos tachando temas en una agenda invisible. Es la consolidación de la Catch Up Culture, donde la amistad se agenda, pero la vida se deja de compartir.
A veces me detengo a observar cómo han cambiado las charlas en un café o un encuentro casual en el parque. Hemos dejado a un lado ese silencio cómodo de quien simplemente está, ni la deriva de una charla que no sabe a dónde va pero que se disfruta en cada curva. Hoy, sentarse con un amigo se siente peligrosamente parecido a una reunión de trabajo de los lunes a primera mañana. Hemos pasado de la amistad como refugio a la amistad como una tarea más en nuestra lista de pendientes. Bienvenidos a la era de la Cultura Catch Up.
Hace un par de meses, un revelador artículo en el El País ponía el dedo en la llaga, las redes sociales y la obsesión por la productividad nos han convencido de que el tiempo es un recurso que debe ser “optimizado”, incluso cuando se trata de afectos. El concepto de Catch Up -ese “ponerse al día” casi por obligación- se ha convertido en el nuevo estándar. Ya no compartimos la vida mientras sucede; nos la contamos para ser más eficientes.
Esta dinámica ha institucionalizado lo que podríamos llamar la “Operación P.A.C.”, el ciclo de Prometer, Agendar y Cancelar. Es la versión sofisticada del ghosting aplicada al campo de las amistades. Mientras que en el mundo de las citas desaparecer del mapa es moneda corriente, conseguir un espacio real con un amigo se ha vuelto una misión casi imposible. No es falta de afecto, es una gestión de crisis de agenda donde el vínculo afectivo termina siendo el ítem sacrificable de la semana.
Si la Operación P.A.C. no resulta, la mecánica de la junta puede ser casi algorítmica. Te reúnes con un tiempo limitado, agendado entre el gimnasio y la próxima videollamada. Y ahí, frente a frente, sacamos nuestra lista de pendientes emocional, ¿en qué estás?, ¿qué planes tienes?, ¿cómo está la familia?
Tildamos los casilleros a toda velocidad. Es una revisión de hitos, un reporte de gestión de nuestra propia existencia. Si nos sobra tiempo, quizás profundizamos, pero lo habitual es que la junta termine cuando el listado se completa.
Y aquí es donde el abismo generacional se hace evidente. Para la Generación X, a la que pertenezco, la amistad se forjó en la pérdida de tiempo compartida; el ocio era el cemento de la relación.
Estamos ante una paradoja, las pantallas nos han vuelto sedentarios de la emoción. Preferimos el resumen ejecutivo de la vida del otro antes que el proceso de vivirla juntos. Hemos pasado de ser protagonistas de nuestras historias compartidas a ser meros narradores de una cronología de eventos.
Siempre sostuve que lo que no se comunica no existe, hoy me permito disentir. Lo que solo se comunica y no se habita, termina por vaciarse.
Quizás el verdadero acto de rebeldía hoy no sea ser más eficiente, sino permitirse una tarde entera para no ponerse al día con nada, y simplemente volver a aprender a estar.
Menos lista de tareas y más vida compartida. Eso, al final del día, es lo único que el algoritmo no puede replicar.